Friday, October 5, 2018

Moscas Voladoras


Moscas Voladoras
Por Leomas

Las moscas eran originarias de un lugar gobernado por ratas apestosas, con carranchil madrugador. Los ministros gobernantes de especies y familias diversas, entre comejenes, pulgas, niguas, garrapatas, chinches, piojos, gusanos, cafres, alacranes, escorpiones, culebras y víboras. Los decretos presidenciales para desintegrarlas y desaparecerlas, hicieron fumigar con tóxicos y ácidos, cada uno de los cambuches, espacios y potreros, donde vivían con sus huevos y crías. Ningún químico pudo con ellas para liquidarlas. Su naturaleza las hizo inmunes a otras maldades y perversiones, que de sus congéneres habían heredado. Ni siquiera tenían modales para escupir sus propias diarreas y vómitos. Ellas transportaban en sus patas ciertas defensas, que repelían cualquier ataque con pequeñas alas y cilios blindados como locomotoras de magos y brujos.


Se las ingeniaron para sobrevivir usando alcantarillas, cuevas, huecos de grandes raíces, tumbas desocupadas y fosas comunes, escondidas aun en los batallones de perros y lobos voraces. Algunas de ellas con sus cascarones y familias, se camuflaron con disfraces hechos por murciélagos europeos, para vivir incógnitas debajo de alas de las indefensas aves, que las transportaban muy cerca a las oficinas de funcionarios, mercaderes, mercenarios y otros cruzados ratones comerciantes de harinas procesadas en la selva de los zorros, zorrillos, leones, tigres, hipopótamos, elefantes y panteras. Lograron contagiar de picardías novelescas a inocentes animalitos de la montaña plana encantada que cultivaban cítricos y legumbres.


Muchas veces las sabandijas se metieron en tazas y vasos, de diplomáticos gorilas, cuando estos calmaban la sed o el hambre, con jugos de frutas que usurpaban a hormigas, estas eran las únicas que trabajaban labores de campo y en plantaciones de hortalizas, frutas y granos. Varios de sus hijos resultaron con diplomas que falsificaban en las calles de los azules y rojos abejorros, que exhibían con cinismo y prepotencia en los consultorios que sus antepasados, los mismos que habían construido para paredes para aparecer como doctores y científicos de altas alcurnias inventadas. Las mosquitas y mosquitos descendientes, eran feos y grotescos animalitos, expertos en negocios ilícitos y astutos para redactar leyes y reglas, que sometían a otros seres galácticos, con artimañas ventajosas. Algunos de sus parientes, habían ido al exterior de sus propias fronteras, para aprender otras mañas y costumbres, que se hicieron comunes en pueblos y caseríos del extenso y complicado territorio.


La doctoritis fue causa de escándalo, al comprobar que en las entrevistas, ninguna de las enmascaradas respondía a los interrogantes. Afirmaban simplemente que se les había olvidado hasta la dirección del inmueble en donde ellas se habían especializado. Los jueces eran cucarachos mezclados y clonados con sangre de blancos abejorros y de gusanos monos voladores que habían inmigrado de las Europas apoderándose de territorios sagrados de quienes trabajan. Las más listas se habían hecho escoltar por peligrosos grillos armados, que habían sido entrenados en guarniciones militares por extranjeros y transportados en cajas de madera desde el norte y oriente con permiso debajo de la mesa de los tramposos cafres de siempre. El gobierno lanzó un nuevo panfleto para desintegrar a las moscas definitivamente y dio órdenes por debajo del pupitre, para masacrar a gansos y patos, que eran defensores de la vida de todas las especies vivientes aun de las malvadas y dañinas sanguijuelas de las urbes.


El ministro de gobierno planeó matar también a las avispas que eran criaturas inteligentes y castas porque incomodaban a los ilícitos. Estas pensaban a favor de la región entre sur y norte, oriente y occidente. Las mas intrépidas de las avispas, murieron lentamente con ráfagas de pistolas, revólveres, fusiles y ametralladoras, disparadas en las mismas edificaciones en donde ellas procesaban un especial alimento, que servía para mantener con comida fresca, al 90% de la población animal y que en forma abusiva, se exportaba a otros países pero nunca conocieron a donde iban a parar dinero y ganancias de sus productos.


Los gobernantes se aliaron con zánganos y sancudos venenosos, para asesinar a toros, mulas y gatos. Estos eran espías de los mismos animales armados provenientes de naciones que fabricaban bombas y artefactos dañinos y peligrosos para el vuelo. Las avispas se alborotaron en su ingenio, y enviaron sendas cartas a los gobiernos vecinos buscando protección para ellas y sus familias. Las moscas tenían zapos con alas postizas como espías, para saber el quehacer de otros y otras. Una mañana de abril se enteraron de los audaces planes de esas que realmente volaban y fue demasiado tarde porque en grupo vieron llegar a los sicarios perros de una ciudad de la montaña.


Moscas, patos, gansos, caballos, hormigas, cucarachas, zapos, gallinas y avispas, se confundieron cuando se dio entrada a los lugares de refugio con sendos documentos y nuevas cedulas identificadas. Las malandras moscas, fueron astutas y volaron debajo de las alas de palomas, turpiales, gavilanes, gaviotas, águilas y hasta dentro de plumas de golondrinas y otros pájaros que inocentemente las llevaron sin contratiempo como plaga. Algunas lograron falsificar sus pasaportes, haciéndose pasar por líderes comunitarios de los gatos o ciudadanos animalescos honestos de los grillos, y fueron pisoteados en sus derechos los justos osos hormigueros.


Las moscas inflaron sus buches y lograron pasar con tranquilidad varias de las fronteras vecinas, con sus cajas, bultos y ollas, y otras alcabalas de países amigos y solidarios con las avispas, patos y gansos. Allá en los potreros de otros territorios, pusieron sus huevos y se multiplicaron tanto, que los lagartos y cocodrilos que gobernaban otras naciones sospechosas, se vieron obligados a cerrar sus fronteras y construyeron rejas amuralladas. Varias de las hembras se aparearon con famosos abejorros, blancos, negros y amarillos. Nacieron nuevas especies de moscas y su naturaleza se hizo más peligrosa que sus ancestros en los nuevos territorios extranjeros.


Una aguja falsa de oro, confeccionó nuevos trajes a mezclados y clonados. Estos recibieron clases de glamur y etiqueta, bajo las orientaciones de escuálidos marinos, que nadaban raros, y se nutrían con sobrantes de peces espada. Las moscas refugiadas se inventaron historias de familias e hicieron creer que ellas eran profesionales de alta envergadura y que debían tener trato igual al que recibían los diplomáticos chimpancés que habían sobresalido en oratoria, teatro y canto. Algunos moscos ya tenían como costumbre reunirse en privado con otros machos para acariciar sus intimidades y en el mismo lugar consumían cerveza y licor adulterado traído por  leones contrabandistas que se escondían cuando las patrullas de panteras custodiaban zonas y carreteras.


Cambiaron su abolengo y oscura estirpe, con cuentos de reyes, emperatrices, príncipes y personajes sobresalientes de la selva alcalinizada que nunca existieron sino en sus mentes porque tenían una imaginación como para competir con los mediocres e ineptos directores del teatro y farsa de los cucarrones morados religiosos. Algunas hasta se atrevieron a decir que eran hijas de duendes y que tenían poder para hacerse invisibles y viajar a otras dimensiones con un sexto sentido para la tele génesis. Otras daban recetas y pócimas para el amor o fórmulas para la eterna juventud, que aun hoy en día no lo han logrado experimentar y siguen echando cartas y naipes en las mesas de los nauseabundos buitres del oeste. Los castos curíes que son los más estudiosos del sexo entre todas las especies de la loca jungla, se dejaron seducir por los falsos encantos de esos glúteos siliconados de las ratas y creyeron que esos cuerpos eran femeninos pero al desnudarse cada uno, entendieron que esas antenas eran de murciélagos que venían del Mar Mediterráneo y que eran simplemente rellenos de plumas de cuervos de la roca.


Una tarde mientras las moscas ponían sus huevos en las cuevas improvisadas de las nuevas ciudades, explotó un tanque que almacenada un raro combustible gasóleo, rápidamente se extendió por todos los puntos cardinales del continente alargado y confuso. Los primeros en morir fueron los moscos machos que estaban sobre los tejados de finas enredaderas y que se hicieron vistosos sobre elegantes orquídeas lisonjeras. Luego el gas apestoso avivó la fuerza del mar y del viento, y aparecieron inundaciones y huracanes que barrieron cuevas, y hoyos en donde dormían esas que nunca habían trabajado, con sus formulas e incubadoras necias. El agua radiactiva y la sopa putrefacta que caía como lluvia, también hizo su agosto y destruyo las latas de las cantinas de las monas gorilas que lucían trajes de seda robados del monte de las arañas gigantes.   


El mar sacó a la superficie los huevos con las madres moscas muertas. Los buitres esos días almorzaron y cenaron como nunca, con un manjar que ellos creyeron exquisito. Aquello que no pudo los tóxicos, lo terminaron los cuervos más jóvenes como alimento para su futuro pero también sus buches fueron contaminados por comer a deshoras de las recetas y recomendaciones de los médicos caballos. El espectáculo era semejante a danza de prostíbulo barato de los gallos o cabaret de ratas apestosas. El gas siguió su recorrido por el aire de sur a norte y poco a poco fue exterminando a todas las moscas aun a las cruzadas con abejorros blancos del norte. Las pobres moscas morían sin derecho a un funeral común porque los chulos también estaban en aumento y no hubo comida ni cama para tanto animalesco.


La tragedia fue mayor al cruzar el tóxico por encima de un terminal nuclear de lombrices muertas que se ubicaba frente a la costa de los turistas lobos llamados chupasangre. Las dos fuentes se mezclaron y el terror se apoderó de oriente y occidente. Las moscas empezaron a morir en sus otras cuevas al otro lado del mar del conflicto amoroso de los abejorros grises. Nadie se daba cuenta del episodio porque los gobernantes con sus grillos armados, y anófeles voladores armados, trataban de frenar la macabra odisea de la muerte y la desintegración hasta de cultivos lícitos y de aquellos que sirvieron para la farsa de la fiesta.


Las aguas de ríos y mares empezaron a ver cuerpos inertes de otros animales y de los mismos gobernantes sobre su superficie. El aroma nauseabundo que dejo la descomposición natural de cada cuerpo, hizo tétrica la mañana con su tarde. Las noches se convirtieron en apestosas letrinas con aromas putrefactos sin rosas ni claveles en cada horizonte y sabana. Los ríos se desbordaron aumentando la desolación en los plantíos y barrios amurallados de los murciélagos. Las moscas no volvieron a nacer en el aire. Cada animalito fue desapareciendo poco a poco a medida que avanzaba la hecatombe. Un fuego infernal apareció entre el aire huracanado contaminado. Todo quedo como polvo desintegrado y el ultimo en morir dijo realmente estábamos de paso.

Cucarachas Trepadoras

Cucarachas Trepadoras
Por Leomas


Con dificultad intelectual y problemas en su locomoción, las feas y horripilantes animalitas, lograron ingresar a una escuelita primaria, en donde aprendieron a leer y a escribir, con algo de geografía, historia, artes y matemáticas básicas. Con ayuda de expertos cucarachos provenientes de los verdosos cafetales vulcanizados, las crías organizaron bandas de músicos y orquestas baratas, que las hicieron aparecer famosas en ciudades planas y movieron su débil esqueleto, compitiendo con abejorras de la montaña y sabana. En masa se matricularon en colegios de bachillerato  para estudiar trigonometría, física, química y raza. Ellas escalaron la nefasta cuesta de las cucarronas de los tubérculos como plaga.

Una a una se fue perfilando candidata universitaria y al cabo de 20 años consecutivos, recibieron diplomas, estandartes y cartones, que fueron colocados en paredes de sus cavernas y en vallas publicitarias de sus cuevas, elaboradas por ratas que habían llegado de las ciénagas cercanas y que se habían escapado de cárceles vetustas de los grillos de monte alto. Las débiles, se hicieron famosas y movieron su cadera cerca a las cuevas de moscos, recién llegados de la fosa de los cuervos y lograron conquistar a los asquerosos especímenes con ojos de monstruos de las oscuras profundidades.



La mezcla y el cruce de las dos especies animalescas, produjo como milagro una nueva raza de cucarachas alborotadas, que las llevó a debutar en cantinas nacionales con coronas reales, recibidas en otras plazas, en donde se confeccionaron con siliconas artificiales para los remiendos, los excesos de patas y jetas inventadas. Se dejaron llevar a otros sitios internacionales, al tratar y conocer a unas blancas abejorras que lucían prendas exclusivas de hadas secuestradas de la selva encantada y que las colocaron en pasarelas como magas inventadas. 


Los grillos dorados elaboraron con ingenio, cosméticos, lociones, jabones y cremas, para maquillar sus cueros, senos y caras. Ellas aprovecharon el estudio de la química para cambiar su silueta y se protegieron con ácidos camaleónicos, que las hicieron brillar, escondiendo sus patas, mañas y alas. Quedaron muy parecidas a otras especies, que habían nacido en otras planicies poco planas, entre cambuches y chozas dentro de la jungla clasificada. Todas empezaron a competir  a ver quien tenía la mejor cara y se ingeniaron las curvas con lazos para aparentar garbo y abolengo y lograr sobresalir en la selva encantada.


Los primeros cucarachitos fueron paridos sus huevos en calles destartaladas, avenidas y antros de cemento, que se habían construido lustros atrás entre pobreza, miseria, hambre y debajo de puentes raidos de madera, que dejaron los invasores cucarachos de territorios en donde el robo y sicariato era el pan de cada día en las jornadas. Las nuevas crías cucarachadas llegaron con cadera pequeña y algo de glúteos abultados, para mostrar encantos y siluetas recortadas. Sus críos también se miraron en espejos del contaminado rio y se dieron cuenta que sus glúteos eran algo parecidos a sus paisanas y que podían negociar, conquistando a los abejorros que en manada llegaban como turistas en busca de amadas cucarachas y amados cucarachos, entre romances y machucantes por nada.


Aparecieron rectangulares papeles perfectos y dorados, como si el adelanto superara a esos de mejor morada y manada. La escuela se convirtió en fábricas clandestinas con falsificaciones sin nada. Los periódicos de los grillos, regaron la noticia que los clonados habían logrado superar el talento de los tramposos grillos con sus hierros. Entre rejas y alcantarillas, hicieron maquinas reproductoras de plásticos modernos, que volaron a otras naciones como si los científicos abejorros se hubieran detenido en el ocaso de la calzada. Ahora la competencia se inicio en otras tierras mentadas y las jetas de las nuevas cucarachas aparecían en las caratulas de las nuevas jornadas. 


Las autopistas de los buitres se llenaron de papeles verdes y con ellos compraron suntuosos vehículos, que se transportaban de la selva grisácea de los monos imperiales, a las cuevas de esas que poco a poco fueron conociendo el mármol y las lociones no putrefactas. Los reinados, fiestas, corridas y carnavales, al lado de matanzas lubricadas, llenaron las reuniones y las pandillas cucarachadas tenían sexo en todos los rincones, aumentando la población y convirtiendo las estepas en pistas nocturnas y desenfrenos de calzones y pantalones almidonados. Los estudiosos perros pastores hicieron la denuncia que en fila sobre autopistas, los cuerpos de los cucarachos y cucarachas inmigradas, lucían sus bellos cuerpos y mostraban debajo de sus alas sus encantos aunque los consumidores llegaban de la ignorancia que bajaba. Hablaron de prostitución y el alcalde de la urbe redacto un decreto para que todos y todas pagaran impuestos y así con la colecta monetaria se pudiera hacer limonada, chicha y colada.


Los cucarachos inflaron sus alas y quisieron volar más alto que los abejorros marrones, esos que estaban gobernando los negocios desde otros horizontes cucarachados, las ametralladoras llegaron recortadas a salones de los grillos y la bala no pudo ser negociada. Grupos de cucarachos y grillos se disputaron los ilícitos y todos querían agarrar la mejor tajada. Muchos en revuelta barata o poco inteligentada, morían en restaurantes, hoteles y hasta en moteles amancebados como novilladas. Los cuerpos aparecían dispersos y en grupo como si la fiesta estuviera antes también enlutada. Hubo guerra sin cuartel en campo abierto y los genes inyectados enloquecieron a cucarachos y cucarachas idiotizadas.


Desde varias esquinas las balas se cruzaban, al lado de picaros y ratas, morían otros sin sazón ni cebada. El fuego de los perversos aumentó la tragedia y las casas y edificios de los necios cucarrones, fueron devoradas por llamas alborotadas. Los hospitales de los mariapalitos no alcanzaron sus camas para solucionar las heridas y en grupo desaparecían como tormenta olvidada. Los zánganos cucarachos habían aprendido a fabricar bombas y armas sofisticadas. Las empezaron a usar y murieron muchas y muchos, que estaban en contra de las clonadas. Como mercancía barata o jugo de tierra colada, alcanzaron a desaparecer los lideres entre carreteras amuralladas. Algunos lloraban la partida de sus amigos y aliados y otras sin vergüenza rezaban pero esas mismas antes sus armas habían sido disparadas.


El orgullo y vanidad de las hembras, las hizo renovar sus ladrillos y se inventaron una gelatina blancuzca para transformar sus moradas. Allí llegaron los murciélagos para devorar a los virus y engendros que usaban como alimentación y también como jugada. Todos los mugrosos engendros estaban apostados como finos remedios en tiendas de campaña y en ollas de sopa cucarachada. No hubo lugar para los muertos porque los cementerios estaban ocupados por otros muertos entre la contienda acalorada. En grupo de 100 en 100 para esconderse, se metieron 30 metros bajo tierra para proteger sus familias, quedando desolación entre las pobres cucarachas que nunca antes habían poseído nada. Los descendientes  caminaban raro como novias alborotadas y movían la cadera como cortina encantada,  ellos escondieron sus apetitos románticos y metieron sus gustos entre armarios encaletados, construidos con musgos y sin ninguna risotada.


Las cocinas cucarachadas, dejaron de oír chismes y calumnias, en donde de todo el mundo se rajaba y criticaba pero era costumbre no sostener nada. Empezaron a tomar conciencia que no se puede llegar lejos cuando la naturaleza es baja. Los mansos abejorros amarillos, guardaron sus espermas y no dejaron que sus semillas fueran clonadas. No volvieron a nacer cucarachas mixtas y como la uva algunos huevos se fermentaron como tequila o borracha ilusionada. La tierra y naturaleza les clavo una gran jugada y fueron despareciendo como cantina diezmada. Todas salieron huyendo con sus escaparates de la planicie encantada, con cajas y bultos de desperdicios atravesaron la jornada. Llegaron a Cuatro Esquinas y descansaron con sus huevos y crías con penas enajenadas.


Los pocos ancianos cucarachos y las pocas cucarachas viejas, se las ingeniaron para buscar ayuda y tuvieron que acudir a los científicos abejorros morados sin sexo pero listos a la experimentada, que habían arribado al lugar del nororiente lejano y con fórmulas robadas. Tuvieron que empeñar sus alhajas de oro y plata para costear los servicios de la investigación genética para la nueva raza cucarachada. Uno de los estudiosos morados logró dar con el chiste y recomendó sacar los genes clonados de los animalitos y dejarlas como eran antes de la fiesta anaranjada y al lado del orgullo rosado, para que aceptaran el reto que también había hecho su agosto por las calles carnavaladas cuando inquietas se creyeron todas almidonadas.


La ciencia de los morados abejorros les preparó una pócima que debieron tomar en proporciones iguales, las unas y los unos, para regresar a su pasado rastrero de cuevas y cavernas estiercoladas. La disciplina y simplicidad acompañó cada bebida entre llantos y sonrojos si quedar casi nada. A medida que la consumían iban cambiando el color de sus ojos, el cascaron y sus patas. Dejaron de volar alto y perdieron el gusto y olfato por las cosas exquisitas de ciudades y junglas ensortijadas que las habían ilusionado como si la naturaleza se pudiera cambiar como por arte de magia. Jamás volvieron a caminar y borraron de sus lentas mentes, pasarelas, reinados, fiestas, carnavales, comilonas y francacheladas.


Los otros animales involucionados, las vieron marchar en grupo y caravanas, como quien sale huyendo por el disparo de los grillos apestosos clonados que también empezaron a preocuparse porque a ellos les pronosticaron que también se quedaran sin nada. La pócima les hizo cambiar de silueta y se les redujo la memoria para no recordar nada. Nuevamente entre gris, negro, grisáceo y sus escasas alas, empezaron de nuevo a lucir naturales sin jabones de nácar o perfumes extranjeros sin olor o gracia. 


Grabaron para su futuro y se convencieron, que no debían pensar en el futuro porque una guerra radiactiva las dejara sin nada. Una frase las hizo diferentes entre multitudes diversas que por el efecto del arco iris que se forma después de las tempestades. La sencillez regreso de nuevo sin exageraciones, suntuosidades. o cachivachadas: Es mejor ser una cucaracha verdadera que tener que imitar a las hembras que tienen en su cola la raza alborotada aunque estas tampoco poseen nada. 

Quiero Quedarme


Quiero Quedarme
Por Leomas


El conductor del vehículo campero llego acelerado a la casa de la finca para transportar al hermoso mancebo a la ciudad lejana que lo haría bachiller, posiblemente varón de letras y ciencia, tal vez regresaría borracho enviciado con nuevos apellidos y seguro caminando como en pasarela de falsas reinas. La noche anterior había pasado junto a sus tres amigos que hacían parte del cuarteto compinche de la luna y algarabía. Hubo prisa para subir las maletas y un fino estuche con viandas para el recorrido. No querían lágrimas sobre las hojas que el otoño había soltado por el camino carreteable que conducía a la hacienda en donde en grupo tejieron ilusiones y leyendas, y estas fueron olvidadas por los nuevos cantos y música que llenaron tarimas y escenarios sin talento y finos videos.


A las 9.00 de la mañana el día se hizo tarde, una nube grisácea estaba apostada sobre el azul firmamento lanzando penas y congojas sobre la esbelta piel de los adolescentes que contenían la respiración porque sus ancestros les habían prohibido llorar a los varones en las carretas que dejan huella sobre verdes pinos que se tornaban crueles como látigo que deja a varios con heridas. Allí estaban cerca los obreros con sus pesados troncos que llevaban en su espalda, no les permitían enterarse de la tragedia que los cuatro enamorados inexpertos padecían. Ellos no se atrevieron a mirar el alboroto que estaba formando el aire de los amigos ni la brisa tormentosa que recorría las venas de los audaces que se hacían cruces para no aceptar la realidad que los hizo trisas como cenizas al dejar salir al lirio que entretenía y los hacía resplandecer de dicha porque estremecía sus corazones y sus curvas tejían lágrimas al saber que jamás volverían a tocar sus tiernas caderas.


El joven protagonista guardo silencio, no entendió porque debía partir a tierras lejanas para empezar de nuevo construyendo nidos y acariciando paisajes desconocidos en el horizonte que aunque bello a ojos humanos, también sembraba congoja. Cada árbol traía consigo recuerdos y cada hoja el idilio de repetir la mirada profunda que deja a quien se acerca en temporada. El sol estaba muy atento a miradas como fiel testigo de la última amapola en el romance. Todos bajaron la cabeza para despedirse de la tierra que los sostenía entre manos silenciosas y labios acomplejados. El motor del carro encendió su marcha, una ruana nueva confeccionada con lana virgen de oveja blanca, cubrió el delicado cuerpo del muchacho que con sigilo se despedía para siempre de sus andanzas aunque en su mente estaría eterno su remembranza.


Los doncellos no se abrazaron simplemente clavaron sus ojos grandes sobre la hermosa silueta que logro formarse debajo de la palma de coco que estaba sembrada muy cerca a laureles que alguien había sembrado cambiando de lugar la semilla que habían traído de una montaña alta. El viaje sería de 24 horas por modernas autopistas y caminos destartalados. Él se imaginaba la aventura como nido entre galaxias, para siempre como muerte de ruiseñor gigante. Se sentó cómodamente en la parte delantera del automotor como para no clavar la vista en la cruel despedida, se puso un sombrero sobre su cabeza para disimular que lloraba gotas de sangre al separarse. Su corazón quedo partido y se entrecruzaron sentimientos y sollozos. No pudo resistir componer una nota con varias penas y creyó aumentar su memoria para no olvidar cada golondrina.


¡Todo está listo dijo quién iba al volante!. Las llantas del campero se movieron como docena de caballos con audaces jinetes que giran sobre la pradera desconocida tejiendo una danza de bisontes en grupo. No hubo música al instante porque había dentro de cada corazón, una melodía que irradiaba melancolía como para idiotizar al intrépido que había aceptado el viaje por las críticas que surgieron después de haber encontrado cartas y secretos que robaron los hipócritas. El ave gigante y tierna alzo vuelo entre los espesos matorrales y precipicios que estaban al lado y lado de la autopista, con sus sobresaltados árboles y bosques que aún existen. La retirada fue cruel y desde ese instante jamás se volverían a ver y la usencia seria de por vida porque la cruel adolescencia es simplemente una etapa que se quema con la primera cerveza entre los inocentes.


Sus aliados nunca lo alcanzarían, el vuelo del cóndor lo llevaría a nuevos parajes sin musgos ni aguas cristalinas de esas quebradas donde jugaron en aquellos días para disimular que nadando escondían las picardías y los amoríos que todos guardaban. Querían repetir a cada instante sus caricias y los besos que disimuladamente estuvieron allí a escondidas entre las lozas frías del anochecer. Los adultos se hacían los inocentes para poder esclavizar a los infantes que aun obedecían las contradictorias normas de la farsa social que habían montado. Todos los adultos llevaban doble vida, eran tan hipócritas que iban a un raído templo que ni siquiera tenía puerta de santidad a contar sus pecadillos a un sacerdote de mentira que tenia sexo aun entre las esquinas de los arbustos. Durante el viaje guardo silencio, cerró por varias horas sus ojos para imaginar que era un sueño o una mentira la odisea que estaba viviendo por no tener la edad para independizarse ni el coraje para enfrentar a quienes conducían la enseñanza aprendizaje de la farsa comerciante. Cada minuto el vehículo aumentaba la velocidad, el ordinario conductor que iba al volante creía ir sobre una nave invencible olvidando que las maquinas también traicionan a quienes creen que están sobre la verdad de la velocidad.


Por fin recordó esos besos y abrazos que aún estaban tibios sobre su armonía y una sonrisa burlesca aclaro el medio día cuando quien manejaba el automotor dijo que era hora del almuerzo. El joven bajo del carro lentamente, se paró junto a los abetos que estaban como floreros adornando el paisaje que lucía la temporada, lanzo un suspiro silencioso para no herir el corazón partido y en sollozo, ingreso al recinto para decir que no tenía hambre. La hermosa doncella mesera lo miro de frente como campesina que disimula su apetito, le sonrió exclamando que en la cocina tenía algo fresco para ofrecerle, le mostro la carta que el no quiso leer porque sus deseos estaban en la distancia. La hermosa niña le siguió insistiendo pero sus oídos estaban sordos, las caderas de la inexperta no lo hicieron responder al apetito y simplemente le dijo que le diera un vaso con agua mientras escogía el reemplazo. Acepto comer una vianda que traía consigo como para imaginarse que otros estaban con él. El conductor de nuevo insistió que debían continuar el viaje, su mirada estuvo fija al contrario de la vía, creyó ver muy cerca a esa realidad que abandonaba a quien logro esclarecer la duda y poner un lirio de oro sobre el girasol dormido que despertó aceptando la realidad que nada tiene que ver con pensamientos de ilusos filósofos o cachivaches de alcohólicos.


Dos horas más tarde lloro en silencio, sus lágrimas fueron secadas por el recuerdo, un pañuelo invisible guardo los restos que aún permanecen húmedos bajo un brillante sol que no logro calentar la dorada tela. Su llanto estremeció el minuto mientras los segundos seguían atormentando la despedida. Al entrar la noche llegaron por fin a la casona que sería su nueva morada. El saludo en medio de la tristeza a quienes lo abrazaban como un desconocido, sin saber estaba a doce horas de distancia de aquel primer recorrido. El edecán de la nueva familia le dijo que allí a casi once horas de distancia, esperaban que se quedara varios años, para empezar una nueva odisea entre los estudios y el silencio de un pueblo que solo las campanas rompían con el sigilo porque no había astutos en los parques ni laureles en las esquinas. Había cuervos grisáceos en los parajes y una que otra gaviota de esas que cobran los abrazos.


El frio amenazaba la alegría lesionando la fiesta improvisada de la temporada. En su primera noche escribió un verso con suspiros, al mirar el reloj en la pared comprendió que no había dormido. Las imágenes llegaban arrullando la soledad que sintió en sus venas, pensó que no debía haber nacido. La matrona lo fue a llamar al llegar la nueva mañana y traía en sus manos un mapa para que conociera la sabana. Su estómago solo sentía sed de otra cosa menos de agua y su corazón palpitaba de agonía en su pena. Siguieron el recorrido de nuevo frente al volante y por un camino que parecía más uno para el tránsito de mulas, se internaron a una velocidad moderada para lograr alcanzar la tarde final de su viaje. Durante ocho horas de viaje miro cada precipicio y esas gigantes rocas que logran asustar a los viajeros, hasta llegar a una gigante casa construida en siglos anteriores como para ver nuevos plantíos de colección en vetusto tiempo que se va como si el polvo le ganara.


La nueva vivienda lo recibió entusiasmada y un cuarto de huésped recibió como regalo de cárcel. Tres días duraron sus lágrimas entre llantos silenciosos y reparos, varios meses sus suspiros y todo el tiempo quiso volver a su anterior plantío. No fue fácil acostumbrarse a lo cotidiano de ese pueblo ni a los blancuzcos salones que se pintaban para conocer la fina limpieza de las paredes y los mismos paralizaron sus coqueteos porque no hubo nueva brisa, ni vientos lisonjeros que hicieran mover las tiernas hojas que saltaban dentro, para poder regresar a la conquista de sus añoranzas. La mansión estaba allí diariamente y varias mujeres atendían al forastero que guardaba silencio frente a sus parientes para no acongojar la bienvenida, ni a los obreros que recogían manzanas y duraznos y los llevaban a la mesa para el disfrute con silencio.


A los cuatro años termino su adolescencia y la etapa había segado los besos y los libros convirtieron en intelectual cada abrazo. El regreso con su diploma a la hacienda de sus lirios, camino de nuevo aquellos parajes contemplando los claveles que aun brotaban sin necesidad de cuidado en sus cultivos. No encontró los arrendajos ni a los turpiales que acostumbraban a pararse sobre las palmeras y cítricos. Escucho un fino sonido del turpial que alimento en sus ratos de ocio y rutina. Sus padres le mostraron el nuevo rumbo con varios tiquetes para viajar fuera de la nación de origen para especializarse al gusto de su progenitor que se creía propietario aun de las decisiones de su hijo. Fue la última navidad en familia pero aprendió a guardar distancia de los adultos y logro construir la mejor estrategia para nunca más aburrirse.


No acepto consejos de sus viejos, cambio la rutina por una nueva y gran ciudad al conocer que los aliados del pasado allí ya no estaban, sus amores habían tomado otros rumbos a nuevas tierras. Busco en el viejo baúl los recuerdos de sus compinches y cada foto, por última vez lloro sus fantasías para un final que se hizo cruel como despedida frente a la luna que también envejecía. Tuvo que conformarse con observar esas fotografías que guardaban los otros críos. Sus amigos y confidentes de infancia también lejos habían partido. Nunca más se volvieron a ver porque las comunicaciones estaban en cavernas oscuras. Los adultos eran expertos en  mentir y creaban historias imaginadas para sostener los falsos valores. Ellos todo lo arreglaban con fantasías y duendes inexistentes y leyendas que montaban como drama cada día y junto a la nueva farsa.


Salió de allí a la nueva nación que lo esperaba en donde se repetiría lo mismo  de sus pobladores. La causo risa y desprecio al salir al nuevo paraje para nunca volver al caserío que había disfrutado como niño. Dejo todo en su memoria pero trato de olvidar aquellos recorridos pero jamás saco de su corazón los besos y caricias de ese primer amanecer que estaba fresco pero en el olvido.