Saturday, October 6, 2018

Primaveral y antes de navidad

Primaveral y Antes de Navidad
Por Leomas


Recuerdas que hubo mariposas sobre el firmamento de aquellos hermosos potreros que vieron correr juveniles siluetas masculinas entre árboles gigantes, arbustos cítricos testigos de esos primeros besos y de aquellas picaras caricias en el primer atardecer de la primavera. Hubo música con melodías entretejidas de reclamos en el día del aniversario. Ellos danzaron inocentes con inusitados movimientos que produjo los tambores que dieron vida a quien más tarde seria testigo del romance que empezaba y que nunca envejecía en los tiernos corazones de los paseantes. Era jueves de trueque y juegos, en cada una de las zonas en donde como fantasía aparecían pequeñas casas y miles de animales domésticos entre risas y miedos que hicieron historia como ensueño. Los campesinos alistaban canastos y costales que eran transportados a carga de mula para su venta mientras los protectores de los intrépidos doncellos creían que se perderían debajo de las piedras del rio cristalino del paisaje, sobre los frescos musgos que se habían apostado en los caminos como oficina de príncipes encantados y leyendas novelescas de concubinos enamorados.



Al caer la noche el tiempo no se detuvo sobre los rostros de quienes sembraban historias de ilusos y soñadores. La seguridad y medidas astutas que exigía el área roja de la violencia y muerte las olvidaron, los guardias de la hacienda que actuaban como guardaespaldas de los escogidos principiantes, fueron en busca de los dos hermosos cuerpos adolescentes que saltaban como chispas de fogatas encendidas, se perdían en juegos creados por magos invisibles aun a la entrada de la luna, gozaban como si fuera una mañana fresca sin relojes ni quejas. Los juguetones sintieron pasos de caballos galopando sobre la hierba húmeda como relámpagos y jinetes que gritaban como si una escuadra de soldados sobre los aires tramara una emboscada bajo el compinche del lucero frente a enemigos que no existían sino en mentes de quienes patrocinaban la venta ilícita de armas en el territorio con presencia de grupos armados ilegales de paramilitares, guerrilleros y otros delincuentes.



Hubo desconfianza entre los jóvenes que conocían las historias terroríficas de asesinatos y desapariciones contadas por corpulentos obreros que cumplían órdenes a quienes prohibían acercar la libido a la orilla de la quebrada que sólo era usada para lanzar los cuerpos muertos de inocentes que los facinerosos hacían pasar por delincuentes para cobrar el dinero maldito de la injusticia de botas verde olivo. La anciana mujer de la cocina dijo haber visto muy cerca al visitante debajo de las acacias, sobre la roca gris apostada en uno de los potreros del ganado, la misma que los llenó de lozanía y éxtasis en cada sollozo con abrazos y besos como en subasta. Solo la risa pudo calmar la tristeza de quienes creyeron acercar un secuestro, porque a lo lejos vieron los cuerpos semidesnudos de los jóvenes príncipes que habían experimentado no sólo correr la sangre mixta dentro de sus cuerpos sino el oleaje que produce la chispa de fuego que dejan los zafiros encendidos.



La noche no dejó conciliar el sueño a los inexpertos, grillos y luciérnagas fueron testigos oculares de improvisados desvelos y sollozos sobre la hierba húmeda y debajo de las acacias envejecidas cómplices de los improvisados saltos. Los juveniles tejidos musculosos saltaron por la ventana de los mirlos y se acercaron como fina red de hilos dorados irrompibles hasta el amanecer aun entrando el sol de la nueva mañana que los sorprendió sin ruido. No hubo cenizas almidonadas sobre las rocas, las hojas secas fueron testigos como cámara oculta del primer romance y no hubo cansancio, pero si un aroma a lirio fuerte amenizo los aires del remanso. Aquel ruiseñor estuvo muy cerca del arrendajo, prendidos los dos de silbidos y cantos. Miedo sintieron de cada caricia que salía como relámpago de nube para lanzar chispas de diamantes y perlas que parecían como dentadura eterna de los dioses que lucían descontaminada del ruido de la metrópoli de donde se habían transportado como de costumbre por órdenes expresas de sus progenitores que entendieron que no era un aprendizaje. Las sonrisas de esos días aun iluminan la galaxia celeste con los mismos hermosos dientes que hicieron tejidos brillantes y remolinos sonoros al paso de corrientes en movimiento que llegaron con nuevas fuerzas para la añoranza de rubíes y diamantes que no envejecen.



Aun hoy llora la partida de ese medio día cuando el tren habituado al ruidos de los rieles los regresó al cotidiano trajín de aquella temporada y los lanzó sobre arbustos rejuvenecidos por la tristeza que dejan tunas y cayenos juntos cuando de despedidas se trata si fuerzan la entrada del romance que no obedece las normas que si envejecen. El profesor de matemáticas que era uno de los educadores preferidos del mancebo dijo que el lirio había llegado diferente la semana anterior y que observo caer sobre las sillas ciertas flores amarillas con granate como el oro de la hermosa enredadera y él quiso denunciar que algo corría debajo de la calzada y sobre el ventanal que mostraba alegría de venas y arterias como en las mejores tiendas cuando el perfume de los almacenes locionados llega a los espacios de los incautos enamorados. De nuevo llegó el fin de semana casi que retrasando las horas de los paseantes. El reloj les ayudó a construir risas que rompieron el silencio de un mundo desconocido que se hizo fiesta y rompió el hechizo de secretos que hoy desaparecen.



La casa grande alargada sobre la planicie campesina gritó de algarabía al ver llegar de nuevo a quien empezaba la jornada sin aventura y que sobresalía cada mañana con su bella silueta y hermoso rostro que aun detenía a los admiradores mirlos y azulejos recién nacidos que cantaban y a palomas mensajeras que ya tenían marido. Sobre los frondosos árboles el tejido de sus nidos se observaban, había maravillas en cada revoloteo de alas que avisaban que un enemigo se acercaba. Algo muy fuerte recorrió cada milímetro de carne y sangre, sobre los fuertes huesos juveniles el sistema nervioso prendió su alarma como remolino al ver de nuevo los bellos y redondos ojos color azabache y muy brillantes como dos soles que se juntan para iluminar una nueva y sola galaxia de protagonistas en éxtasis de un eterno idilio de los mismos dioses. No hubo maestro para entender y explicar esa sensación de pertenencia, que hizo estremecer las dos siluetas que se juntaron cada vez que el viento de la historia apuntaba sobre la red de la añoranza que ya no regresa.



El mayordomo de la hacienda les hizo algunas recomendaciones, los condujo al establo para luego salir montando a trote sobre el caballo árabe cenizo y el potro salvaje negro azabache. Los dos juntos parecían volar por el aire como locos enamorados que tejen aromas y perfumes de añeja primavera, que se guardaron en estuches de musas y hadas visitantes. Construyeron el futuro en menos de una hora y se vieron en la cúspide de la montana a donde sus parientes no querían regresar por miedo a otro tipo de conflicto entre la jungla que era asaltada por bandoleros que se robaban la madera como en los escondites de los grillos. Los caballos unían sus lomos al galope con la brisa, las manos se juntaron como tormenta de agosto en la molienda y creyeron correr sobre estepas privadas de mundos sin entrometidos. El anciano responsable del cuidado de los herederos que los había despedido antes de la salida del sol, expresó que juntos a ellos debía ir una de las yeguas en el próximo recorrido sobre la sabana para no alterar brisas y vientos que bajaban como relámpagos sobre los arrayanes y que despeinaban las largas cabelleras de los trotadores sobre todo la de la yegua que estaba junto al trio.



Siempre que hay fiesta sobre algodones alguien interrumpe el idilio de los audaces como si magias grises aterrizaran sobre calzadas, desiertos de duendes y demonios. El pedazo de metal saltó por el aire debajo de los cascos de la yegua rojiza y pegó el impacto sobre la hermosa ceja que se había tejido con filamentos de zafiros y finos arbustos del selvático roble de las mismas fanegadas. Cayó sobre la piel sangre fresca y rozagante que asustó al de los besos, lo tomo por sorpresa como payaso improvisado del drama que lamenta la tragedia. En suspenso logró pensar en la defensa como si fuera capitán de artillería con experiencia. Uno de los cuerpos rodó sobre la pradera mientras el otro vio como tenue y encanto su amor como lava de volcán en un instante revolcarse sobre el césped que hizo de colchón para no reventar el joven corazón que empezaba a envejecer por los besos y las mismas caricias del romance. El caballo frenó en contravía dejando ver la fuerza de cada brazo sobre el suelo acostumbrado a desechos de vacas y toros que también usaban el terreno para sus vidas. Creyó ver un cadáver en el piso, pero era mentira porque un beso despertó al moribundo enamorado que saltó adolorido como sombra y dijo no tener miedo en la caída. 



Regresaron a la hacienda inmediatamente con sangre en sus trajes, de nuevo vieron las plantaciones que estaban esparcidas entre cítricos, guayabas y mangos, en fila india habían pequeños arbustos de uva que también hicieron guardia de honor al accidente inesperado. Los trabajadores se asustaron, ellos se armaron con rifles y escopetas, porque temían a la chusma armada que acostumbraba a robar el ganado y que esos escogían a los terneros que crecían entre las ramadas como presas fáciles para los cuatreros que venían del país vecino como en manada. Desde entonces los asesinatos estaban entre los indefensos, los secuestros quedaban impunes porque la policía de la región y las autoridades civiles eran cómplices y algunos eran los autores intelectuales de los insucesos que mellaban la risa y la misma felicidad de los habitantes. Las balas aparecían como luz y sombra cada instante aun entre los cambuches construidos para sostener a las enredaderas. No fue grave la herida pero era de cuidado cualquier ruido extraño aun en la planicie debía observarse y los binóculos traídos del norte ya se usaban como elemento de guerra contra los haraganes .



Al llegar la noche el rio sirvió para transportarlos en un pequeño barco destartalado al enfermo, los dos huyeron de la inexperiencia en brazos del amor que empezaba con paso de león rugiente, como tigres tuvieron que navegar solos con el motorista, los otros tenían miedo a los ilegales armados, la noche enceguece las aguas de los ríos y más cuando son caudalosas y salvajes llegan los malhechores a ver si hacen un nuevo agosto. Fue afortunado el accidentado porque a su lado estuvo toda la noche el enamorado que a paso de canoa veló aun hasta la camisa que había cambiado de color entre escarlata y verde, y allí estaban las huellas del golpe pero los enamorados siempre se las ingenian y crean recursos para solucionar la tristeza aunque las balas arriben por el aire o ráfagas de ametralladoras asusten a los leopardos desde los matorrales donde se escondían los asaltantes. 



Es cierto que se amaron sin experiencia porque sus progenitores no tenían la sabiduría para explicar la inexperiencia. No hubo sino un solo romance como de película fantasiosa de esa que para narrar las historias hay que usar la imaginación porque ciertos hechos al recordarlos parecen que se hubieran tejido con magia de hechiceros. Se impregnaron los amantes de valentía y dejaron que sus fuerzas se fusionaran en secreto en las tardes. Besos que se multiplicaban cada día, caricias que estuvieron cerca en cada noche con encajes que llegaban entre quejidos, sollozos y apretones de dioses invisibles que arriban a cuidar cada beso. Nadie entendió porque hubo peligro de parte y parte y como se las ingeniaban los bandoleros para perseguir el objetivo y tratar de secuestrar al inocente. Jamás se separaron entre la vida, las ansias y la muerte. Crecieron juntos como los arrayanes cerca a las cementeras con flores y sauces. Caminaron muchas noches, el horario era el enemigo que se interponía porque las edades no estaban para cambiar las leyes o hacer de nuevo una constitución para enamorados y las normas se imponían sin preguntas como si las ordenes bajaran del ocaso sin remiendos.



La familia se interpuso entre los dos claveles al creer que dos razas distintas no debían amarse y menos entre diferentes y de distintas clases. El color de la piel de uno de los dos, alboroto la discriminación propia de los hipócritas. Hubo tristeza al saber que al millonario lo sacarían de la nación para evitar roces con el torbellino que se formó alrededor de cada pétalo y gladiolo como nave que sobrevuela el espacio por miedo a perderse y estrellarse cerca al pico de las montes. Los adultos pensaron que era la mejor solución para truncar caricias y golpes de la brisa sobre aquellas curvas que dejaban eucaliptos y laureles con cada sombra y luz a su paso. Los dos no aceptaron decisiones erradas de los envidiosos, se enfrentaron a los mayores sin una sola discusión y no escucharon los lamentos, pero alguien como dictador grita sobre los turpiales. 



Salieron huyendo y corrieron como rayos de sol a otra metrópoli, una muy lejana de esa urbe, esa los recibió con encanto sobre parques y andenes mugrosos que no tenían celador ni seguridad en sus vías. Se refugiaron en casuchas abandonadas por la guerra, empezaron a trabajar cargando bultos a los campesinos que llegaban con sus productos a la plaza. Lograron ingresar a nuevas aventuras mientras se seguían adorando en sigilo, sin lanzar gritos alrededor de los trogloditas ni penas a los desocupados chismosos que había por montoneras entre las chamiceras y los bejucos. No hablaron de amores, cerraron sus secretos con claveles del lejano bosque y en silencio seguían construyendo el romance. Simplemente sin prisa se quisieron entre sigilos y remansos como si un relámpago los hubiera pegado con soldadura intergaláctica. Como rubíes brillaron cada mañana, cuando el sol salía ya estaban en la faena consiguiendo el pan del día y aprendiendo a tejer el nuevo rumbo. Hubo esmeraldas entre las sonrisas de cada noche y poco a poco se olvidaron de sus ancestros que habían violentado la mejor etapa en la vida de los soñadores.



Cinco años duro el perfecto romance entre vientos huracanados con nuevas junglas en donde el aprendizaje ocupo la primera fuerza, las innovaciones de los inteligentes logro mantenerlos con vida superando cada obstáculo y consiguiendo superar aun los remiendos en cada camisa. Los dos se convencieron que se habían alejado de su gente, familia y pueblo. Estaban siempre juntos como trenzas amarradas y libres como aves de la selva. Aun eran muy jóvenes pero aprendieron a quererse. Los otros en la nueva urbe se imaginaban que eran de una misma familia, con quienes ellos compartían cristales y luces creían que eran nacidos cerca a esos lugares de transito en la noche. La belleza permaneció en ellos como ángeles que no envejecen. Un fuerte amor entre todos los amores hizo clarear aun los anocheceres. En cada minuto nunca faltaron los besos. Cada noche era un nuevo amanecer con éxtasis y sueños, dejando caer roció sobre telas que humedecían hasta los laureles de la autopista con sus lirios. No todo “es color de rosa” cierto pero siempre hay alguien que rompe aun las rocas que viven como cavernas la mente del ocaso.



Ahora ya tenían donde convivir como espacio de pareja sin complicaciones. Los inteligentes siempre saben sortear cada hecho y nunca hay disputas. Sabían estar alejados de los brutáceos. La empresa patronal llamó para decirle que el amor de su vida estaba en el hospital agonizante varias horas atrás, que hubo un golpe que no pudo el aire contener su bella figura. Su intrépido tigre se había desmayado al caer la tarde del ocaso sobre las baldosas del laboratorio en donde trabajaba como asistente. Le dijeron que estaba silencioso sobre una cama de tejidos transparentes y que manos cuidadosas estaban cerca a la tragedia. Que él ya no hablaba. Cuando recibió la noticia ya había sonado el teléfono de su empleo, corrió como potro y voló como águila en busca de su amante y vida para tratar de salvar aun su despedida. No fue fácil verlo allí tendido entre aparatos modernos y lámparas de neón que se apagan en minutos como flash de fotógrafo en aprendizaje. 



Alla estuvo sobre los bordados su media naranja como si fuera una pesadilla que bombardeaba el idilio sobre rosas danzantes como de aniversario. El médico simplemente dijo: “hace tres horas está así y no respira. Su sangre ha dejado de circular y sus reflejos ya no responden”. Lo tomó por la cintura y lo acerco a su boca frente a todos los testigos que se hallaban en el salón de cuidados intensivos, le declaró su amor eterno sin contratiempo y no le importo cada comentario. Aun sus manos estaban tibias lo recuerda. Lo besó con suave ternura como la vez primera cuando sobre las aguas de la quebrada cómplice del romance fue testigo de esa primera entrega en el romance. Guardó silencio y metió su deseo dentro de una nube azulosa que aun pasando los años y el tiempo recorre cada día todo su cuerpo.



Por fin lágrimas pesadas rodaron por sus mejillas mientras los padres consanguíneos de su amor llegaron para presentar nuevos suspiros entre la tragedia y despedida. También quiso suicidarse para alcanzarlo en el viaje que ya estaba arrancando muy en la madrugada de la juventud. Sin llorar pensó que había algo sobre los claveles que nunca iba a entender aun entre las orquídeas. Sigilosamente abandono el recinto y se dirigió solitario para dialogar con los magos de la galaxia. Las rosas que estuvieron en la sala y aposento se marchitaron lentamente desde  entonces y los perfumes se evaporaron al lugar de mansiones gelatinosas como para no volver a empezar con nuevos besos. Salió de la ciudad, busco refugio en otra tratando de llegar a nuevos países y adelantar estudios para tratar de encontrar la respuesta antes de salir al viaje del encuentro. No fue fácil conciliar el sueño o confiar en quienes por su trabajo lo rodeaban pero siempre se impuso el romance y fue el mismo que le dio fuerzas para nuevos amaneceres con encanto.



Metió cada beso dentro de mudo nicho y lo cerró con encajes extraído de la última camisa. Guardó con cerrojo de oro el crisol que no había envejecido desde aquel amanecer. Luego lanzó un pequeño grito aterciopelado que estremeció la alergia de los canarios convirtiéndola en tristeza de baratija. Hoy es de madrugada y el reloj de la pared marca las tres de la mañana. El conserva la risa de su romance como el bordado que realizo como pintura en su camisa. Tiene el corazón partido y sangra gotas de sentimiento y aceite reemplazando cada lágrima. Lo ve llegar en sueños y permanece solo desde entonces esperando un nuevo encuentro como entre dioses que se cruzan.


Afirma y dice que en cada madrugada hay una brisa fresca y placentera que lo transporta a contemplar los mismos besos. La silueta que aún conserva esta como si fuera el mismo primer instante con sus caricias y sigue alimentando el mismo amor sin envejecer. Lo ve cerca cada noche y despierta seguro creyendo que el amor eterno esta muy cerca y que despierta cuando el nuevo sol llega con nuevas brisas y su aroma aun esta sobre su perfume.

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