Primaveral y Antes de Navidad
Por Leomas
Recuerdas que hubo mariposas sobre el
firmamento de aquellos hermosos potreros que vieron correr juveniles siluetas masculinas
entre árboles gigantes, arbustos cítricos testigos de esos primeros besos y de aquellas picaras caricias en el primer atardecer de la primavera. Hubo
música con melodías entretejidas de reclamos en el día del aniversario. Ellos
danzaron inocentes con inusitados movimientos que produjo los tambores que
dieron vida a quien más tarde seria testigo del romance que empezaba y que
nunca envejecía en los tiernos corazones de los paseantes. Era jueves de trueque y juegos, en
cada una de las zonas en donde como fantasía aparecían pequeñas casas y miles
de animales domésticos entre risas y miedos que hicieron historia como ensueño. Los
campesinos alistaban canastos y costales que eran transportados a carga de mula
para su venta mientras los protectores de los intrépidos doncellos creían que se perderían
debajo de las piedras del rio cristalino del paisaje, sobre los frescos musgos
que se habían apostado en los caminos como oficina de príncipes encantados y
leyendas novelescas de concubinos enamorados.
Al caer la noche el tiempo no se detuvo sobre
los rostros de quienes sembraban historias de ilusos y soñadores. La seguridad y
medidas astutas que exigía el área roja de la violencia y muerte las olvidaron, los guardias de la hacienda
que actuaban como guardaespaldas de los escogidos principiantes, fueron en busca de los dos
hermosos cuerpos adolescentes que saltaban como chispas de fogatas encendidas,
se perdían en juegos creados por magos invisibles aun a la entrada de la luna,
gozaban como si fuera una mañana fresca sin relojes ni quejas. Los juguetones sintieron
pasos de caballos galopando sobre la hierba húmeda como relámpagos y jinetes
que gritaban como si una escuadra de soldados sobre los aires tramara una
emboscada bajo el compinche del lucero frente a enemigos que no existían sino
en mentes de quienes patrocinaban la venta ilícita de armas en el
territorio con presencia de grupos armados ilegales de paramilitares, guerrilleros y otros delincuentes.
Hubo desconfianza entre los jóvenes que conocían las historias terroríficas de
asesinatos y desapariciones contadas por corpulentos obreros que cumplían
órdenes a quienes prohibían acercar la libido a la orilla de la quebrada que
sólo era usada para lanzar los cuerpos muertos de inocentes que los facinerosos hacían
pasar por delincuentes para cobrar el dinero maldito de la injusticia de botas verde olivo. La
anciana mujer de la cocina dijo haber visto muy cerca al visitante debajo de las
acacias, sobre la roca gris apostada en uno de los potreros del ganado, la
misma que los llenó de lozanía y éxtasis en cada sollozo con abrazos y besos
como en subasta. Solo la risa pudo calmar la tristeza de quienes creyeron acercar un secuestro, porque a lo lejos vieron los cuerpos semidesnudos de los jóvenes
príncipes que habían experimentado no sólo correr la sangre mixta dentro de
sus cuerpos sino el oleaje que produce la chispa de fuego que dejan los zafiros encendidos.
La noche no dejó conciliar el sueño a los inexpertos, grillos y luciérnagas fueron testigos oculares de improvisados desvelos y sollozos sobre la hierba húmeda y debajo de las acacias envejecidas cómplices de los improvisados saltos. Los
juveniles tejidos musculosos saltaron por la ventana de los mirlos y se acercaron como fina
red de hilos dorados irrompibles hasta el amanecer aun entrando el sol de la
nueva mañana que los sorprendió sin ruido. No hubo cenizas almidonadas sobre las rocas, las hojas secas
fueron testigos como cámara oculta del primer romance y no hubo cansancio, pero si un aroma a lirio fuerte amenizo los aires del remanso. Aquel ruiseñor estuvo
muy cerca del arrendajo, prendidos los dos de silbidos y cantos. Miedo sintieron de cada
caricia que salía como relámpago de nube para lanzar chispas de diamantes y
perlas que parecían como dentadura eterna de los dioses que lucían descontaminada del ruido
de la metrópoli de donde se habían transportado como de costumbre por órdenes
expresas de sus progenitores que entendieron que no era un aprendizaje. Las sonrisas de esos días aun iluminan la galaxia celeste
con los mismos hermosos dientes que hicieron tejidos brillantes y remolinos
sonoros al paso de corrientes en movimiento que llegaron con nuevas fuerzas para la
añoranza de rubíes y diamantes que no envejecen.
Aun hoy llora la partida de ese medio día cuando el tren habituado al ruidos de los rieles los regresó al cotidiano trajín de aquella temporada y los lanzó sobre arbustos
rejuvenecidos por la tristeza que dejan tunas y cayenos juntos cuando de
despedidas se trata si fuerzan la entrada del romance que no obedece las normas que si envejecen. El profesor de matemáticas que era uno de los educadores
preferidos del mancebo dijo que el lirio había llegado diferente la semana anterior y que observo caer sobre las sillas ciertas flores amarillas con granate como el oro de la hermosa enredadera y él quiso denunciar que algo corría debajo de la calzada y
sobre el ventanal que mostraba alegría de venas y arterias como en las
mejores tiendas cuando el perfume de los almacenes locionados llega a los espacios de los incautos enamorados. De nuevo llegó el fin de semana casi que retrasando las horas de
los paseantes. El reloj les ayudó a construir risas que rompieron el silencio
de un mundo desconocido que se hizo fiesta y rompió el hechizo de secretos que hoy desaparecen.
La casa grande alargada sobre la planicie campesina
gritó de algarabía al ver llegar de nuevo a quien empezaba la jornada sin aventura
y que sobresalía cada mañana con su bella silueta y hermoso rostro que aun
detenía a los admiradores mirlos y azulejos recién nacidos que cantaban y a palomas
mensajeras que ya tenían marido. Sobre los frondosos árboles el tejido de sus nidos se observaban, había maravillas en cada revoloteo de alas que avisaban que un enemigo se acercaba.
Algo muy fuerte recorrió cada milímetro de carne y sangre, sobre los fuertes huesos juveniles el
sistema nervioso prendió su alarma como remolino al ver de nuevo los bellos y redondos ojos
color azabache y muy brillantes como dos soles que se juntan para iluminar una
nueva y sola galaxia de protagonistas en éxtasis de un eterno idilio de los mismos dioses. No hubo maestro para entender y
explicar esa sensación de pertenencia, que hizo estremecer las dos siluetas que se juntaron cada vez que
el viento de la historia apuntaba sobre la red de la añoranza que ya no regresa.
El mayordomo de la hacienda les hizo algunas
recomendaciones, los condujo al establo para luego salir montando a trote
sobre el caballo árabe cenizo y el potro salvaje negro azabache. Los dos juntos parecían volar por el aire como
locos enamorados que tejen aromas y perfumes de añeja primavera, que se
guardaron en estuches de musas y hadas visitantes. Construyeron el futuro en
menos de una hora y se vieron en la cúspide de la montana a donde sus parientes
no querían regresar por miedo a otro tipo de conflicto entre la jungla que era asaltada por bandoleros que se robaban la madera como en los escondites de los grillos. Los caballos unían sus
lomos al galope con la brisa, las manos se juntaron como tormenta de agosto en
la molienda y creyeron correr sobre estepas privadas de mundos sin entrometidos. El anciano responsable del cuidado de los herederos que los había despedido antes de la salida del sol, expresó
que juntos a ellos debía ir una de las yeguas en el próximo recorrido sobre la sabana para no
alterar brisas y vientos que bajaban como relámpagos sobre los arrayanes y que
despeinaban las largas cabelleras de los trotadores sobre todo la de la yegua que estaba junto al trio.
Siempre que hay fiesta sobre algodones alguien interrumpe el idilio de los
audaces como si magias grises aterrizaran sobre calzadas, desiertos de duendes y demonios. El pedazo de metal saltó por el aire debajo de los cascos de la
yegua rojiza y pegó el impacto sobre la hermosa ceja que se había tejido con
filamentos de zafiros y finos arbustos del selvático roble de las mismas
fanegadas. Cayó sobre la piel sangre fresca y rozagante que asustó al de los
besos, lo tomo por sorpresa como payaso improvisado del drama que lamenta la tragedia. En suspenso logró pensar
en la defensa como si fuera capitán de artillería con experiencia. Uno de los
cuerpos rodó sobre la pradera mientras el otro vio como tenue y encanto su amor
como lava de volcán en un instante revolcarse sobre el césped que hizo de
colchón para no reventar el joven corazón que empezaba a envejecer por los
besos y las mismas caricias del romance. El caballo frenó en contravía dejando ver la
fuerza de cada brazo sobre el suelo acostumbrado a desechos de vacas y toros
que también usaban el terreno para sus vidas. Creyó ver un cadáver en el piso, pero era mentira porque un beso despertó al moribundo enamorado que saltó
adolorido como sombra y dijo no tener miedo en la caída.
Regresaron a la hacienda inmediatamente con sangre en sus trajes, de nuevo vieron las plantaciones que estaban
esparcidas entre cítricos, guayabas y mangos, en fila india habían pequeños arbustos de
uva que también hicieron guardia de honor al accidente inesperado. Los trabajadores se
asustaron, ellos se armaron con rifles y escopetas, porque temían a la chusma armada que acostumbraba a
robar el ganado y que esos escogían a los terneros que crecían entre las ramadas como
presas fáciles para los cuatreros que venían del país vecino como en manada. Desde entonces los asesinatos estaban
entre los indefensos, los secuestros quedaban impunes porque la policía de la región y
las autoridades civiles eran cómplices y algunos eran los autores intelectuales de los insucesos que
mellaban la risa y la misma felicidad de los habitantes. Las balas aparecían
como luz y sombra cada instante aun entre los cambuches construidos para sostener
a las enredaderas. No fue grave la herida pero era de cuidado cualquier ruido
extraño aun en la planicie debía observarse y los binóculos traídos del norte ya se usaban como elemento de guerra contra los haraganes .
Al llegar la noche el rio sirvió para transportarlos en un
pequeño barco destartalado al enfermo, los dos huyeron de la inexperiencia en brazos del
amor que empezaba con paso de león rugiente, como tigres tuvieron que navegar
solos con el motorista, los otros tenían miedo a los ilegales armados, la
noche enceguece las aguas de los ríos y más cuando son caudalosas y salvajes llegan los malhechores a ver si hacen un nuevo agosto.
Fue afortunado el accidentado porque a su lado estuvo toda la noche el enamorado que a paso de
canoa veló aun hasta la camisa que había cambiado de color entre
escarlata y verde, y allí estaban las huellas del golpe pero los
enamorados siempre se las ingenian y crean recursos para solucionar la tristeza aunque las balas arriben por
el aire o ráfagas de ametralladoras asusten a los leopardos desde los matorrales donde se escondían los asaltantes.
Es cierto que se amaron sin experiencia porque sus progenitores no tenían la
sabiduría para explicar la inexperiencia. No hubo sino un solo romance como de
película fantasiosa de esa que para narrar las historias hay que usar la imaginación
porque ciertos hechos al recordarlos parecen que se hubieran tejido con magia de hechiceros.
Se impregnaron los amantes de valentía y dejaron que sus fuerzas se fusionaran
en secreto en las tardes. Besos que se multiplicaban cada día, caricias que
estuvieron cerca en cada noche con encajes que llegaban entre quejidos, sollozos y
apretones de dioses invisibles que arriban a cuidar cada beso. Nadie entendió porque hubo peligro de parte y parte y como se las ingeniaban los bandoleros para perseguir el objetivo y tratar de secuestrar al inocente. Jamás
se separaron entre la vida, las ansias y la muerte. Crecieron juntos como
los arrayanes cerca a las cementeras con flores y sauces. Caminaron
muchas noches, el horario era el enemigo que se interponía porque las edades
no estaban para cambiar las leyes o hacer de nuevo una constitución para enamorados y las normas se imponían sin preguntas como si las ordenes bajaran del ocaso sin remiendos.
La familia se interpuso entre los dos claveles al creer que dos razas distintas
no debían amarse y menos entre diferentes y de distintas clases. El color de la
piel de uno de los dos, alboroto la discriminación propia de los hipócritas.
Hubo tristeza al saber que al millonario lo sacarían de la nación para evitar
roces con el torbellino que se formó alrededor de cada pétalo y gladiolo como
nave que sobrevuela el espacio por miedo a perderse y estrellarse cerca al pico
de las montes. Los adultos pensaron que era la mejor solución para truncar
caricias y golpes de la brisa sobre aquellas curvas que dejaban eucaliptos y laureles con
cada sombra y luz a su paso. Los dos no aceptaron decisiones erradas de los
envidiosos, se enfrentaron a los mayores sin una sola discusión y no escucharon los lamentos, pero alguien como dictador grita sobre los turpiales.
Salieron
huyendo y corrieron como rayos de sol a otra metrópoli, una muy lejana de esa urbe, esa los
recibió con encanto sobre parques y andenes mugrosos que no tenían celador ni seguridad en sus vías.
Se refugiaron en casuchas abandonadas por la guerra, empezaron a trabajar
cargando bultos a los campesinos que llegaban con sus productos a la plaza.
Lograron ingresar a nuevas aventuras mientras se seguían adorando en sigilo,
sin lanzar gritos alrededor de los trogloditas ni penas a los desocupados
chismosos que había por montoneras entre las chamiceras y los bejucos. No hablaron de amores, cerraron sus
secretos con claveles del lejano bosque y en silencio seguían construyendo el romance. Simplemente sin prisa se quisieron
entre sigilos y remansos como si un relámpago los hubiera pegado con soldadura intergaláctica. Como rubíes brillaron cada mañana, cuando el sol
salía ya estaban en la faena consiguiendo el pan del día y aprendiendo a tejer
el nuevo rumbo. Hubo esmeraldas entre las sonrisas de cada noche y poco a poco
se olvidaron de sus ancestros que habían violentado la mejor etapa en la vida
de los soñadores.
Cinco años duro el perfecto romance entre vientos huracanados con nuevas
junglas en donde el aprendizaje ocupo la primera fuerza, las innovaciones de los
inteligentes logro mantenerlos con vida superando cada obstáculo y consiguiendo
superar aun los remiendos en cada camisa. Los dos se convencieron que se habían
alejado de su gente, familia y pueblo. Estaban siempre juntos como trenzas
amarradas y libres como aves de la selva. Aun eran muy jóvenes pero aprendieron
a quererse. Los otros en la nueva urbe se imaginaban que eran de una misma familia, con quienes ellos compartían cristales y luces creían que eran nacidos cerca a esos lugares de transito en la noche. La belleza permaneció
en ellos como ángeles que no envejecen. Un fuerte amor entre todos los amores
hizo clarear aun los anocheceres. En cada minuto nunca faltaron los besos. Cada
noche era un nuevo amanecer con éxtasis y sueños, dejando caer roció sobre
telas que humedecían hasta los laureles de la autopista con sus lirios. No todo
“es color de rosa” cierto pero siempre hay alguien que rompe aun las rocas
que viven como cavernas la mente del ocaso.
Ahora ya tenían donde convivir como espacio de pareja sin complicaciones. Los
inteligentes siempre saben sortear cada hecho y nunca hay disputas. Sabían estar alejados de los brutáceos. La empresa patronal llamó para decirle que el
amor de su vida estaba en el hospital agonizante varias horas atrás, que
hubo un golpe que no pudo el aire contener su bella figura. Su intrépido tigre se había
desmayado al caer la tarde del ocaso sobre las baldosas del laboratorio en
donde trabajaba como asistente. Le dijeron que estaba silencioso sobre una cama
de tejidos transparentes y que manos cuidadosas estaban cerca a la tragedia.
Que él ya no hablaba. Cuando recibió la noticia ya había sonado el teléfono de su empleo, corrió
como potro y voló como águila en busca de su amante y vida para tratar de
salvar aun su despedida. No fue fácil verlo allí tendido entre aparatos modernos
y lámparas de neón que se apagan en minutos como flash de fotógrafo en aprendizaje.
Alla estuvo sobre los bordados su media naranja como si fuera una pesadilla que
bombardeaba el idilio sobre rosas danzantes como de aniversario. El médico
simplemente dijo: “hace tres horas está así y no respira. Su sangre ha dejado
de circular y sus reflejos ya no responden”. Lo tomó por la cintura y lo acerco
a su boca frente a todos los testigos que se hallaban en el salón de cuidados
intensivos, le declaró su amor eterno sin contratiempo y no le importo cada
comentario. Aun sus manos estaban tibias lo recuerda. Lo besó con suave ternura
como la vez primera cuando sobre las aguas de la quebrada cómplice del romance
fue testigo de esa primera entrega en el romance. Guardó silencio y metió su deseo dentro de
una nube azulosa que aun pasando los años y el tiempo recorre cada día todo su
cuerpo.
Por fin lágrimas pesadas rodaron por sus mejillas mientras los padres consanguíneos
de su amor llegaron para presentar nuevos suspiros entre la tragedia y
despedida. También quiso suicidarse para alcanzarlo en el viaje que ya estaba arrancando muy en la madrugada de la juventud. Sin llorar pensó
que había algo sobre los claveles que nunca iba a entender aun entre las
orquídeas. Sigilosamente abandono el recinto y se dirigió solitario para
dialogar con los magos de la galaxia. Las rosas que estuvieron en la sala y aposento
se marchitaron lentamente desde entonces
y los perfumes se evaporaron al lugar de mansiones gelatinosas como para no
volver a empezar con nuevos besos. Salió de la ciudad, busco refugio en otra
tratando de llegar a nuevos países y adelantar estudios para tratar de
encontrar la respuesta antes de salir al viaje del encuentro. No fue fácil
conciliar el sueño o confiar en quienes por su trabajo lo rodeaban pero siempre
se impuso el romance y fue el mismo que le dio fuerzas para nuevos amaneceres
con encanto.
Metió cada beso dentro de mudo nicho y lo cerró con
encajes extraído de la última camisa. Guardó con cerrojo de oro el crisol que no había
envejecido desde aquel amanecer. Luego lanzó un pequeño grito aterciopelado que
estremeció la alergia de los canarios convirtiéndola en tristeza de baratija.
Hoy es de madrugada y el reloj de la pared marca las tres de la mañana. El
conserva la risa de su romance como el bordado que realizo como pintura en su
camisa. Tiene el corazón partido y sangra gotas de sentimiento y aceite reemplazando
cada lágrima. Lo ve llegar en sueños y permanece solo desde entonces esperando
un nuevo encuentro como entre dioses que se cruzan.
Afirma y dice que en cada madrugada hay una brisa fresca y
placentera que lo transporta a contemplar los mismos besos. La silueta que aún
conserva esta como si fuera el mismo primer instante con sus caricias y sigue alimentando el mismo amor sin envejecer. Lo ve cerca cada noche y despierta seguro creyendo que el amor eterno esta muy cerca y que despierta cuando el nuevo sol llega con nuevas brisas y su aroma aun esta sobre su perfume.

No comments:
Post a Comment